El milagro de Ana Sullivan en 10 escenas


Aunque son numerosas las escenas sugerentes de esta película, aquí os dejamos diez más una de regalo para que pensemos sobre ellas y abramos el debate aquí o en el Foro.


1. Escena inicial de los padres con el médico:

Doctor, ¿se pondrá bien mi niña? –pregunta la preocupada madre.
Mañana por la mañana estará rompiendo otra vez los barrotes de la cuna.
¿Hay algo que podamos hacer nosotros? –sigue interrogando la madre.
Poner barrotes más fuertes, ¿eh? –sonríe el padre.
Dejemos obrar a la naturaleza. Sabe de esto más que nosotros. Estas cosas en los niños tal como vienen se van sin saber porqué…


2.
Los padres descubren que su hija no responde a ningún estímulo. Fundido en negro. Elipsis. Aparece la imagen en sombra de Helen -ya una niña- al fondo de los barrotes del piso superior de la casa.


¿Una metáfora del mundo interior de Helen? En sombras, encerrada en esa bola de cristal que veremos más tarde dejar caer, como indicando el grito desesperado de la niña por comunicarse y romper así su aislamiento.


Helen lucha por comprender, como en esa poética escena en la que parece pelearse con las sábanas oreadas en el jardín de la casa.



3.
En el salón familiar la tía sugiere que algo habría que hacer con la niña, por ejemplo llamar a la escuela Perkins de Boston que dicen hace verdaderas maravillas con estos niños. El marido, escéptico, vocifera ante la esperanzada insistencia de su mujer:


Katie, ¿cuántas veces quieres que te destrocen el corazón?
Las veces que hagan falta. Mientras quede la más mínima esperanza de que algún día pueda ver u oír -responde.
No la hay -sentencia el marido.
Ana se acerca al escritorio de su padre y le tira los papeles al suelo. El padre, enojado, afirma:
– Estaría mejor en un gallinero que en esta casa.
– Debería recluirla, padre -sugiere el hermano mayor.
[...]
Ana roba a su tía unos botones. La madre descubre que su hija quiere que la muñeca tenga ojos, los ojos que ella no tiene.
– Esta niña es más inteligente que todos los hombres de la familia Keller. ¡Si halláramos el medio de llegar hasta su mente! -sugiere la tía.


4. El primer encuentro entre Ana y Helen es de tanteo mutuo. Ana golpea su maleta sobre el suelo del porche para que Helen pueda notar su presencia. Helen siente curiosidad y palpa la maleta hasta alcanzar las manos de Ana. Las olisquea, toquetea su brazo hasta llegar a la cara de su futura maestra. Ana intenta tocar a Helen pero ésta rechaza el contacto físico y se echa hacia atrás. Esto no le impide coger la maleta y las gafas de Ana, y llevárselas a su habitación. Allí Ana descubrirá que Helen es muy lista y que aprende rápido a imitar los movimientos de mano de la maestra.



5.
La madre sorprende a Ana enseñando a Helen el lenguaje de signos y pregunta intrigada en qué consiste y para qué sirve.

Pero ¿ella entiende el significado? -pregunta la madre.
– No, no, no sabrá deletrear hasta que sepa lo que son las palabras.
– El capitán dice que es como deletrear a una pared -suspira la madre.
¿Cómo lo sabe?
– ¿No es así?
No. Es como cuando usted le habla a su bebé... Es un parloteo... ¿Cree que comprenden una sola palabra al principio? Luego empiezan a comprender si los oye. Yo trato que Helen las oiga.
Los demás niños no son anormales -dice compungida la madre.
No hay nada de anormal en esa cabeza. Es viva como un relámpago.
Y ¿cuándo aprenderá? -pregunta la madre.
Quizá después de un millón de palabras.

Ana le ofrece a la madre un libro y ésta le pide aprender también ella ese lenguaje que enseña a su hija.

Así nos tocará medio millón a cada una -sonríe Ana.


Pero la escena se rompe al intentar acostar a Helen. Retuerce un dedo a Ana y se cobija bajo la protección de su madre, que la intenta calmar con un dulce.

¿Por qué la recompensa? -pregunta sorprendida Ana- ¿Por haberme pinchado?
¡Han sido tantas las veces en que no habido manera de dominarla! -confiesa la madre.


6. Mientras padre e hijo mantienen una acalorada conversación política, Ana observa cómo Helen recorre la mesa, comiendo con las manos de todos los platos. Cuando llega al plato de Ana, ésta frena a la niña su costumbre. Los comensales se sorprenden de la actitud de Ana.


¡Déjela por esta vez! Es la única manera de que podamos conversar en la mesa -declara el padre.
– Lo que el capitán ha dicho es una gran verdad. Persistirá en su actitud hasta que se salga con la suya.
Ana insiste en que no se le retire el plato e impide que Helen llegue a la mesa.
– ¡Haga el favor de soltarle las manos! -insiste el padre.
– Señorita Ana, todavía no conoce bien a la niña -informa la madre.
– Conozco lo que es una vulgar rabieta y una chiquilla malcriada -dice enojada Ana.
– La comprendería mejor si pudiera usted sentir un poco de compasión -se enfada el padre.
¿Compasión? -responde Ana- ¿Por esta déspota? Todos están pendientes de sus caprichos. ¿Hay algo que ella quiera y no consiga? ¿Saben en qué la compadezco? En que el sol no lucirá para ella en toda su vida, aunque ustedes le digan lo contrario. ¿De qué le servirá su compasión cuando a usted le cubra la tierra?
– Señorita Ana, de nada sirve perder los estribos -dice la madre.
– Sí, eso es muy cómodo. Cuesta menos tenerle compasión que enseñarle algo mejor, ¿verdad?... No puedo corregir tantos años de compasión si ustedes no son capaces de soportar una rabieta.


7. Ana conversa con el hermano mayor de Helen.


– ¿Cómo piensa ganarse la voluntad de Helen en este lugar? -pregunta el escéptico hermano.
– No sé, perdí la paciencia y aquí estoy. Pero cuento con Helen. Esa cabecita se está muriendo por saber.
– ¿Saber qué?

– Lo que sea... Tengo que aprovechar ese afán de saber.

– Tal vez ella le enseñe a usted... Que no tiene tal afán y que existe todo eso que se llama desaliento, resignación y abandono. Tarde o temprano todos nos
rendimos, ¿verdad?
– Tal vez lo hagan ustedes. Así concibo yo el pecado original. -le increpa Ana.

– ¿Cómo?
– Rindiéndose.
Usted no llegará hasta su corazón. ¿Por qué no la deja en paz y le tiene un poco de compasión por ser como es?
– Si alguna vez hubiera pensado así me hubiera muerto.
– Se morirá igual. ¿Por qué preocuparse? O es que también me quiere dar lecciones a mí.


Ana cierra la ventana, indignada.


8.
Ana aprovecha el orgullo y ganas de aprender de Helen utilizando como cebo al mozo que vive con ellas en la cabaña. Helen no puede soportar que otro le sustituya y empuja al niño, pidiendo por fin a Ana que le enseñe palabras.



9.
Ana intenta enseñar a Helen el nombre que tienen las cosas.


– ¡Huevo! Tiene un nombre. Los nombres significan las cosas. Es tan sencillo como nacer. Pero ¿cómo explicártelo? Helen, llega un día en que el polluelo rompe el cascarón para poder salir.

Helen sostiene en sus manos un huevo que se rompe y de él sale con dificultad un polluelo. Helen sonríe al sentir el movimiento del animal en sus manos.


– Tú también saldrás -confía Ana, y le da un beso a Helen.


10.
La familia disfruta en el porche de los adelantos que Ana ha logrado con Helen. Pero Ana no está satisfecha. El padre le entrega su primera mensualidad, agradecido por el milagro obrado en su hija.


– Sólo le he enseñado una cosa: ¡no! No hagas esto, no hagas lo otro. -dice Ana.
– Menos logramos nosotros. -confiesa el padre.
Quería enseñarle lo que es el lenguaje. Yo sé que sin él obedecer apenas tiene valor. La obediencia sin comprensión también es ceguera. ¿Cree que es todo lo que yo pretendía de ella?
[...]
– No quiero que se limite a obedecer -prosigue Ana-, pero dejarla hacer lo que se le antoje es un engaño para ella. Y yo no tengo porqué quererla. No es hija mía. En fin, usted ha de interponerse entre ella y ese engaño.
– De acuerdo. Y ahora ¿quiere venir a cenar?


Y una más.
Helen pone a prueba a sus padres y a la maestra, tirando su servilleta durante la comida.


¿Dónde estamos?


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